miércoles, 23 de marzo de 2011

¿Se podría acabar?

¿Nunca se dieron cuenta de la gran necesidad que tiene la gente de juzgar? Todos juzgamos, queramos admitirlo o no. Algunos juzgan por el físico, otros por la forma de vestir, otros por la forma de ser o por los gustos, y otros por todo. Pienso que a veces tenemos una opinión negativa de alguien por el simple hecho de ser diferentes a nosotros, y, en ocasiones, por ser demasiado parecidos. También nos resulta mucho más fácil aceptarnos a nosotros mismos con nuestros errores si vemos los fallos de los demás, así los nuestros nos parecerán menos graves. ¿Creen que esto es justo? A veces me paro a pensar y me doy cuenta de que si yo fuese otra persona, también juzgaría negativamente mi comportamiento. La diferencia en las personas que juzgan está en la manera de hacerlo, supongo. Hay gente que juzga colectivamente, es decir, se junta con alguien a comentar los defectos de otras personas, otros lo hacen solos. Hay personas mas objetivas y personas mas subjetivas. Siempre miramos mal a las personas que critican, sin darnos cuenta de que haciendo esto nosotros también criticamos.
Pienso que todos seríamos mucho más felices si no temiésemos la opinión de los demás, que nos afecta en mayor o menor medida. Sería más fácil hacer lo que de verdad quieres si no temes a que te juzguen, y de nuevo repito que esto nos afecta a todos, de una forma u otra.
¿Nunca se dieron cuenta de que hay cosas que nos gustaría cambiar pero no tenemos forma de hacerlo?

lunes, 21 de marzo de 2011

Y te amaré por siempre - Parte 3.

Y entonces nos abrazamos, como habíamos hecho siempre, como haríamos para siempre… Un abrazo que significaba mucho más que simple afecto. Y en realidad, aunque yo aún no lo sabía, no era más que el comienzo de una nueva etapa, ni mejor ni peor… Solo… Diferente.

Recogimos mis cosas y nos marchamos. Me quedé mirando pensativa el cuadro de cristales de la cocina antes de cerrar la puerta. Ya le echaba tanto de menos…  Suspiré, y cerré la puerta.

Entramos en el coche.
Mica se acurrucó junto a mí en la parte trasera. También había muchas bolsas de Lucila. Hasta ahora no había caído en la cuenta de que ella también iba a pasar un tiempo fuera…
Sonreí para mis adentros…
Me alegraba de tener las amigas que tenía, eran capaces de hacer todo lo que hiciese falta para que yo estuviese bien. Aunque… Él habría hecho lo mismo.  Intenté contener una lágrima.

Pensar en él me hería profundamente. Sentía como el dolor seguía extendiéndose por cada célula de mi ser y las aplastaba hasta ahogarme con ellas.
De nuevo, intenté no llorar.

Miraba por la ventana los dulces paisajes hacia la casa.
Estaba en un pueblo a las afueras de la ciudad, alejado de todo. En el pueblo había trescientos habitantes, y subsistían a base de la agricultura y la ganadería. Iba a ser interesante ver cómo vivía la gente ahí.

-Hemos hablado con tu jefe- Comenzó a contar Mica.
-Y tienes un mes de vacaciones- Terminó Lucila.
-Yo cerraré el negocio mientras estemos aquí.- Mica tenía una pequeña tienda de música en el centro de la ciudad.
-Y a mi también me dieron vacaciones.-Sonrió Lucila-Tenemos un mes para nosotras tres.-

Me pregunté qué había sido de Samuel, el novio de Mica, ya que siempre estaban juntos, o Alonso, el novio de Lucila, que no podían estar ni cinco minutos sin verse, pero decidí no preguntar. Una vez más, no me apetecía hablar.

Llegamos a la casa y Lucila aparcó el coche frente a la puerta.
El lugar era precioso. Era una enorme casa rodeada de jardines, sin nadie a su alrededor. Las paredes eran blancas y tenía muchas ventanas grandes. El lugar irradiaba paz y tranquilidad.
Tan sólo se podía escuchar el sonido de los pájaros al piar, y de nuestras pisadas. El aire era puro y reconfortador.
Había cientos de flores alrededor de la casa, de todos los colores y de todas las formas, que desprendían un aroma que ni el mejor de los perfumes podría haber imitado.
Pude distinguir el sonido del agua así que supuse que habría un río. Más tranquilidad.

Decidimos entrar en la casa.
 Lucila era quien tenía la llave.
 Abrió la puerta y pudimos ver una hermosa entrada, con las escaleras al frente. Todo parecía ser de madera, el suelo era de parqué y las paredes de papel pintado. Eran de color crema, con pequeños puntitos más oscuros. Junto a la puerta había una mesita de madera con un jarrón que contenía flores frescas.
Las escaleras eran del mismo color madera que la mesita, Con una barandilla de madera muy elaborada.

Mica y Lucila sonrieron, ilusionadas, y me miraron y abrazaron. Me sentí tan arropada… Pero aún me faltaba él…
Suspiré.
Subimos las escaleras las tres juntas, dadas de la mano, y nos sorprendimos con una muy iluminada planta superior
Había ventanas en el pasillo, y también muchas ventanas en las habitaciones. Como había cuatro dormitorios, todas pudimos elegir.
Yo escogí uno muy luminoso, con tres ventanas y una preciosa cama de matrimonio. Todo era de madera oscura, con una alfombra verde pradera y las paredes celestes. Me recordaba a los interminables campos de trigo de donde yo me había criado. La colcha tenía el dibujo de una fresca pradera.
Mica eligió la más grande, con los muebles de madera oscura y todo decorado de colores rojo y negro.
Lucila eligió la más pequeña de las tres, pero la más bonita. Tenía pocos muebles pero los que había eran hermosos. Eran de madera clara.
Las paredes eran de color lila, y el suelo era de parqué claro. Todo tenía pequeñas decoraciones moradas y encajes blancos.
Se la veía tan ilusionada…
Él también se habría ilusionado al ver aquella casa…

Suspiré mientras una única lágrima rodaba perfecta por mi mejilla.
Lucila me vio y me volvió a abrazar.

-Shh- Susurraba- Se que lo echas de menos… Pero cariño, la vida es así… Algunas cosas vienen y otras van… Entiendo por lo que estás pasando. También se lo mucho que lo amabas y que es muy duro.

Y así, escuchando las palabras tranquilizadoras de mi mejor amiga, pasaron mis primeras horas en aquella casa.
Mica se unió a nuestro abrazo cuando nos vio, y las tres, sumidas en ese abrazo, en ese cariño, en ese hogar, lloramos.
Lloramos por todas las dificultades. Lloramos porque no éramos tan felices como antaño. Lloramos de tristeza, de alegría, de emoción… De amor…

lunes, 14 de marzo de 2011

Y te amaré por siempre - Parte 2.

La luz del sol me despertó a la mañana siguiente. Se colaba por el cuadro de cristales que le regalé por nuestro segundo aniversario y toda la habitación era de colores.
Recordé cómo nada mas verlo lo colocó en la ventana de la cocina… Y ahora formaba parte de la casa.

Recordé su sonrisa al verlo… Ah… Aquella sonrisa tan hermosa, aquella sonrisa que yo tanto había amado… Y que ahora añoraba tanto.

Suspiré y me dirigí a la cocina.
Esa mañana hice desayuno para dos, como de costumbre… Pero me quedé mirando el segundo plato, sin tocar.
Volví a suspirar y apoyé los codos sobre la mesa, y la frente sobre las manos.
Me sentía tan sola… Y sin pensarlo ni desearlo… Estaba llorando de nuevo.

Una y otra vez, me veía sentada en la misma mesa frente a mi plato vacío, y su plato aún lleno. ¿Cuándo iba a acabar esta pesadilla? Aún le sentía a mi lado, aunque habían pasado ya algunas semanas desde que se fue. ¿Llegaría a dejar de sentir ese gran vacío en el centro de mi ser? Suspiré, colocando la cabeza entre mis manos apoyadas en la mesa, como solía hacer.

El sonido de la puerta me alarmó, y levanté la cabeza. Desde donde yo estaba podía ver la entrada, con la puerta y las escaleras, y parte de la sala de estar.

De repente, la puerta se abrió, y vi asomarse una cabeza.
Era ella, mi mejor amiga, siempre dispuesta a ayudar. Incluso le había dado una llave de mi casa.
Llevaba su oscuro cabello rizado recogido, y estaba sin arreglar ni maquillar, pero aún así era hermosa. Siempre lo había sido.
Llevaba unos simples pantalones cortos y una camiseta, pero ella transportaba un aire de amor y tranquilidad que le daban el aspecto más hermoso que podía llegar a tener.

Sonrió levemente y se acercó a mí poco a poco.

-¿Cómo estás?- Susurró, cariñosa.
Yo me limité a mirarla, con lágrimas en mis ojos y en mi cara. La respuesta era evidente.
-Lo siento…- Dijo bajando la mirada.

Se acercó a mí y me abrazó. Yo me levanté y la abracé a ella también. Hasta ahora no me había dado cuenta de cuánto necesitaba un abrazo, y una vez más, lloré.
Lloré por horas, pero Mica se quedó junto a mí, abrazándome y susurrándome cuánto me quería cuando sabía que podía oírla.

Cuando me calmé me tomó de la mano y me miró a los ojos.

-Sabes que yo siempre he estado ahí para ti- Sonrió.- Bueno, Lucila también… Por eso hemos pensado, que podíamos vivir las tres juntas un tiempo, en una casa rural alquilada… Como siempre habíamos deseado de pequeñas.

Suspiré y la miré. No me apetecía hablar, aún no.
Sonreí levemente al recordar aquellos viejos tiempos, de cuando nosotras tres éramos jóvenes, siempre juntas saltando, gritando, cantando… Felices…

-Ven, te ayudaré a hacer las maletas- Susurró, en tono alentador.- Lucila pasará a recogernos con el coche en una hora.

Subimos las escaleras y entramos en mi habitación.
Ahí estaban las revistas que a él le gustaba ojear, su peine, su ropa… Su cama, aquella cama en la que habíamos pasado tantas noches juntos… Y no pude evitar volver a llorar, como no había llorado nunca antes.

Mica se quedó a mi lado, y acarició mi pelo hasta que me calmé. Canturreaba una dulce nana y me miraba con ojos dulces y amorosos. Me di cuenta de que eso era lo que necesitaba en ese momento, alguien que me quisiese y a quien yo quisiese, como la quería a ella, y como quería a Lucila.

-Será mejor que yo haga la maleta, y… Si necesitas algo más lo puedes tomarlo prestado  - Sonrió.
Me acurruqué en la cama mientras veía a Mica ir y venir, llenando bolsas de ropa, y útiles de aseo, y señalaba con el dedo cuando ella me preguntaba dónde estaba algo.
Minutos después escuchamos el pitido de un coche.

-¡Ah! ¡Ahí esta Lucila! ¿Puedes ir a…?-Me miro acurrucada en mi cama con los ojos rojos y llorosos y vi como cambiaba de idea-No, mejor espera que yo le digo que entre – Se rió.

Mica desapareció en la puerta, y me invadió una extraña sensación de soledad que me hizo volver a darme cuenta de cuánto las necesitaba a ellas, a mis amigas…

A los pocos minutos apareció un nuevo rostro entre mis pestañas.
Lucila.
Tan bella como siempre, con su característica piel morena, sus ojos oscuros sonrientes y su pelo largo negro y fuerte que yo siempre había envidiado.
Pero hoy ella no sonreía.
Hoy estaba seria, y sus ojos no destilaban la felicidad habitual… Igual que los de Mica.

Se acercó y sin decir nada me abrazó.
Que olor tan familiar despedía ella. Un olor tan hogareño… Añoré aquellos años en los que estaba tan habituada a ese olor… Y me sentí en casa, aunque él ya no estaba, aunque el mundo había acabado para mí, aunque había perdido lo que más amaba en el mundo… Me sentí en casa, porque ellas eran mi nuevo hogar.

-Te quiero- Susurró Lucila.
-¡Eh! ¡Oye! ¡Que yo también os quiero mucho a las dos!- Rió Mica, como solíamos hacer de pequeñas.

Y entonces nos abrazamos, como habíamos hecho siempre, como haríamos para siempre… Un abrazo que significaba mucho más que simple afecto. Y en realidad, aunque yo aún no lo sabía, no era más que el comienzo de una nueva etapa, ni mejor ni peor… Solo… Diferente.






lunes, 7 de marzo de 2011

Y te amaré por siempre - Parte 1.

Primero, antes de nada, he de recordar a aquellas dos que estuvieron cuando parecía que no había nadie más. Aquellas dos que me hicieron ver la luz en la oscuridad y me pusieron de pie cuando creía que no tenía piernas. Porque es gracias a vosotras que yo sigo aquí, y soy quien soy. Gracias.


Un único sonido.
El sonido de la desesperanza.
Del desgarramiento emocional.
De la muerte de la felicidad.
Un sonido electrónico.
Un sonido que hizo que mis lágrimas apareciesen sin esperar a ser llamadas.
Un sonido que indicó el final de mi ser.
Un sonido que eliminó toda mi esperanza.
Era un pitido. Un único pitido.
Un pitido que indicaba que todo se había acabado.
El pitido del final, pensé yo.
Todo se acababa con el. Era el sonido que se lo llevaba todo.
La felicidad.
Las esperanzas.
La expectación.
Incluso la cordura.
El médico retiró las manos del cuerpo inerte y bajó la mirada. Al suelo, miraba al suelo.
Sabía que no encontraría palabras suficientemente hermosas para consolarme.
No había palabras suficientemente fuertes para arrancar mi dolor.
Pasó frente a mí y se detuvo a mi lado.
- Yo... Hice todo lo que pude- Susurró él.
-Lo sé.- Dije entre sollozos.
-Sola- Pensé.
Ahora estaba sola.
Se habían llevado a lo que más amaba. ¿Qué iba a hacer ahora? Faltaba la parte más esencial de mí. Había un vacío doloroso justo en el centro de mi ser. Un vacío imposible de arreglar, imposible de llenar.
Jamás iba a amar como había amado hasta entonces, y en cierto modo, amaría por siempre.
Debería ser mi vida la que se apagase.
Mi cuerpo debería ser el que estuviese inerte en esa cama.
No era justo.
Yo no era fuerte, no podía superarlo.
¡Debería haber muerto yo!

Yo... Yo no podía seguir adelante. No sin su ayuda.
¿Cómo sería feliz si no era con su sonrisa a mi lado?
¿Cómo iba a conseguir seguir con vida si no era con su compañía?
Me dejé caer junto a la pared, mientras cientos de lágrimas hacían una carrera hacia mi barbilla.
Todo se había acabado.
Esta era la palabra FIN de mi historia.
Podía ver y sentir cómo las paredes del universo se derrumbaban a mí alrededor, cómo la esperanza se desvanecía, cómo la felicidad me daba la espalda y cómo mi corazón se rompía en mil pedazos.
¿Cómo era posible? ¿Cómo podía haber ocurrido? Estas muertes, estas situaciones sólo se daban en las películas. No me podía estar pasando. Tenía que ser una pesadilla, sólo un mal sueño…
Pero era todo tan real… Era un dolor tan sincero…
-Tal vez debería ir a casa- Escuché una voz.
¿Me hablaba a mí?
Miré hacia arriba.
Sí, me hablaba a mí.
Había una enfermera junto a mí, que me miraba con cara de comprensión. Era irónico, porque yo sabía que ella jamás en entendería.
-Tenemos un servicio de taxis, acompáñeme, que la llevarán a casa.- Dicho esto tiró de mi brazo hasta levantarme, y me guió por los pasillos del hospital hasta llegar a una puerta donde esperaban muchos coches.
Me introdujo en uno, en el que un anciano me preguntó mi dirección muy amablemente.
Yo no quería hablar, no me apetecía, así que le di mi tarjeta.
Tardamos media hora en llegar a casa.
Cuando el taxi paró frente a mi casa saqué el bolso.
-No, señora. El hospital nos paga. No se preocupe usted- Dijo sonriendo con un espeso acento de pueblo.
Muy amablemente abrió mi puerta del coche y mi acompañó a la puerta, y no se fue hasta que yo hube entrado en la casa.
Deben de pagarle muy bien, pensé yo.
Entrar de nuevo en casa, y sin él era como quemar los trozos restantes de lo que antes era mi corazón.
Todo me recordaba a él.
Sus zapatillas junto al sofá.
Su libro en la mesita del café.
Su chaqueta colgada del perchero. Oh… Aquella chaqueta era su preferida.
Inconscientemente me acerqué a ella y la abracé. Como si aquel abrazo pudiese devolverle a la vida. Como si pudiese volver a sentirle entre mis brazos. Como si fuera a volver a sentir su aliento sobre mis labios, y sus brazos sobre mi cintura.
Aún tenía su olor. Ah… Aquel olor que me cada vez que me rozaba me transportaba a otro lugar… A un lugar perfecto…
Y sin darme cuenta, estaba llorando, de nuevo.
Cientos de lagrimas explotaron como si siembre hubiesen querido salir, y sin darme cuenta, me encontraba entre sollozos interminables que intentaban librarme del dolor, pero que no conseguían otra cosa más que recordarme que él ya no estaba, y que no volvería a estar.
Me dejé caer al suelo y me arrastré junto a las escaleras, haciéndome un ovillo.
Miré mis manos y recordé cómo el solía acariciarlas hasta que me quedaba dormida.
Miré mis manos y vi ese anillo en mi dedo corazón, prueba de nuestro amor eterno, y, entonces, más lágrimas.
Pasaron minutos, tal vez horas hasta que me quedé dormida.