Primero, antes de nada, he de recordar a aquellas dos que estuvieron cuando parecía que no había nadie más. Aquellas dos que me hicieron ver la luz en la oscuridad y me pusieron de pie cuando creía que no tenía piernas. Porque es gracias a vosotras que yo sigo aquí, y soy quien soy. Gracias.
Un único sonido.
El sonido de la desesperanza.
Del desgarramiento emocional.
De la muerte de la felicidad.
Un sonido electrónico.
Un sonido que hizo que mis lágrimas apareciesen sin esperar a ser llamadas.
Un sonido que indicó el final de mi ser.
Un sonido que eliminó toda mi esperanza.
Era un pitido. Un único pitido.
Un pitido que indicaba que todo se había acabado.
El pitido del final, pensé yo.
Todo se acababa con el. Era el sonido que se lo llevaba todo.
La felicidad.
Las esperanzas.
La expectación.
Incluso la cordura.
El médico retiró las manos del cuerpo inerte y bajó la mirada. Al suelo, miraba al suelo.
Sabía que no encontraría palabras suficientemente hermosas para consolarme.
No había palabras suficientemente fuertes para arrancar mi dolor.
Pasó frente a mí y se detuvo a mi lado.
- Yo... Hice todo lo que pude- Susurró él.
-Lo sé.- Dije entre sollozos.
-Sola- Pensé.
Ahora estaba sola.
Se habían llevado a lo que más amaba. ¿Qué iba a hacer ahora? Faltaba la parte más esencial de mí. Había un vacío doloroso justo en el centro de mi ser. Un vacío imposible de arreglar, imposible de llenar.
Jamás iba a amar como había amado hasta entonces, y en cierto modo, amaría por siempre.
Debería ser mi vida la que se apagase.
Mi cuerpo debería ser el que estuviese inerte en esa cama.
No era justo.
Yo no era fuerte, no podía superarlo.
¡Debería haber muerto yo!
Yo... Yo no podía seguir adelante. No sin su ayuda.
¿Cómo sería feliz si no era con su sonrisa a mi lado?
¿Cómo iba a conseguir seguir con vida si no era con su compañía?
Me dejé caer junto a la pared, mientras cientos de lágrimas hacían una carrera hacia mi barbilla.
Todo se había acabado.
Esta era la palabra FIN de mi historia.
Podía ver y sentir cómo las paredes del universo se derrumbaban a mí alrededor, cómo la esperanza se desvanecía, cómo la felicidad me daba la espalda y cómo mi corazón se rompía en mil pedazos.
¿Cómo era posible? ¿Cómo podía haber ocurrido? Estas muertes, estas situaciones sólo se daban en las películas. No me podía estar pasando. Tenía que ser una pesadilla, sólo un mal sueño…
Pero era todo tan real… Era un dolor tan sincero…
-Tal vez debería ir a casa- Escuché una voz.
¿Me hablaba a mí?
Miré hacia arriba.
Sí, me hablaba a mí.
Había una enfermera junto a mí, que me miraba con cara de comprensión. Era irónico, porque yo sabía que ella jamás en entendería.
-Tenemos un servicio de taxis, acompáñeme, que la llevarán a casa.- Dicho esto tiró de mi brazo hasta levantarme, y me guió por los pasillos del hospital hasta llegar a una puerta donde esperaban muchos coches.
Me introdujo en uno, en el que un anciano me preguntó mi dirección muy amablemente.
Yo no quería hablar, no me apetecía, así que le di mi tarjeta.
Tardamos media hora en llegar a casa.
Cuando el taxi paró frente a mi casa saqué el bolso.
-No, señora. El hospital nos paga. No se preocupe usted- Dijo sonriendo con un espeso acento de pueblo.
Muy amablemente abrió mi puerta del coche y mi acompañó a la puerta, y no se fue hasta que yo hube entrado en la casa.
Deben de pagarle muy bien, pensé yo.
Entrar de nuevo en casa, y sin él era como quemar los trozos restantes de lo que antes era mi corazón.
Todo me recordaba a él.
Sus zapatillas junto al sofá.
Su libro en la mesita del café.
Su chaqueta colgada del perchero. Oh… Aquella chaqueta era su preferida.
Inconscientemente me acerqué a ella y la abracé. Como si aquel abrazo pudiese devolverle a la vida. Como si pudiese volver a sentirle entre mis brazos. Como si fuera a volver a sentir su aliento sobre mis labios, y sus brazos sobre mi cintura.
Aún tenía su olor. Ah… Aquel olor que me cada vez que me rozaba me transportaba a otro lugar… A un lugar perfecto…
Y sin darme cuenta, estaba llorando, de nuevo.
Cientos de lagrimas explotaron como si siembre hubiesen querido salir, y sin darme cuenta, me encontraba entre sollozos interminables que intentaban librarme del dolor, pero que no conseguían otra cosa más que recordarme que él ya no estaba, y que no volvería a estar.
Me dejé caer al suelo y me arrastré junto a las escaleras, haciéndome un ovillo.
Miré mis manos y recordé cómo el solía acariciarlas hasta que me quedaba dormida.
Miré mis manos y vi ese anillo en mi dedo corazón, prueba de nuestro amor eterno, y, entonces, más lágrimas.
Pasaron minutos, tal vez horas hasta que me quedé dormida.
Un único sonido.
El sonido de la desesperanza.
Del desgarramiento emocional.
De la muerte de la felicidad.
Un sonido electrónico.
Un sonido que hizo que mis lágrimas apareciesen sin esperar a ser llamadas.
Un sonido que indicó el final de mi ser.
Un sonido que eliminó toda mi esperanza.
Era un pitido. Un único pitido.
Un pitido que indicaba que todo se había acabado.
El pitido del final, pensé yo.
Todo se acababa con el. Era el sonido que se lo llevaba todo.
La felicidad.
Las esperanzas.
La expectación.
Incluso la cordura.
El médico retiró las manos del cuerpo inerte y bajó la mirada. Al suelo, miraba al suelo.
Sabía que no encontraría palabras suficientemente hermosas para consolarme.
No había palabras suficientemente fuertes para arrancar mi dolor.
Pasó frente a mí y se detuvo a mi lado.
- Yo... Hice todo lo que pude- Susurró él.
-Lo sé.- Dije entre sollozos.
-Sola- Pensé.
Ahora estaba sola.
Se habían llevado a lo que más amaba. ¿Qué iba a hacer ahora? Faltaba la parte más esencial de mí. Había un vacío doloroso justo en el centro de mi ser. Un vacío imposible de arreglar, imposible de llenar.
Jamás iba a amar como había amado hasta entonces, y en cierto modo, amaría por siempre.
Debería ser mi vida la que se apagase.
Mi cuerpo debería ser el que estuviese inerte en esa cama.
No era justo.
Yo no era fuerte, no podía superarlo.
¡Debería haber muerto yo!
Yo... Yo no podía seguir adelante. No sin su ayuda.
¿Cómo sería feliz si no era con su sonrisa a mi lado?
¿Cómo iba a conseguir seguir con vida si no era con su compañía?
Me dejé caer junto a la pared, mientras cientos de lágrimas hacían una carrera hacia mi barbilla.
Todo se había acabado.
Esta era la palabra FIN de mi historia.
Podía ver y sentir cómo las paredes del universo se derrumbaban a mí alrededor, cómo la esperanza se desvanecía, cómo la felicidad me daba la espalda y cómo mi corazón se rompía en mil pedazos.
¿Cómo era posible? ¿Cómo podía haber ocurrido? Estas muertes, estas situaciones sólo se daban en las películas. No me podía estar pasando. Tenía que ser una pesadilla, sólo un mal sueño…
Pero era todo tan real… Era un dolor tan sincero…
-Tal vez debería ir a casa- Escuché una voz.
¿Me hablaba a mí?
Miré hacia arriba.
Sí, me hablaba a mí.
Había una enfermera junto a mí, que me miraba con cara de comprensión. Era irónico, porque yo sabía que ella jamás en entendería.
-Tenemos un servicio de taxis, acompáñeme, que la llevarán a casa.- Dicho esto tiró de mi brazo hasta levantarme, y me guió por los pasillos del hospital hasta llegar a una puerta donde esperaban muchos coches.
Me introdujo en uno, en el que un anciano me preguntó mi dirección muy amablemente.
Yo no quería hablar, no me apetecía, así que le di mi tarjeta.
Tardamos media hora en llegar a casa.
Cuando el taxi paró frente a mi casa saqué el bolso.
-No, señora. El hospital nos paga. No se preocupe usted- Dijo sonriendo con un espeso acento de pueblo.
Muy amablemente abrió mi puerta del coche y mi acompañó a la puerta, y no se fue hasta que yo hube entrado en la casa.
Deben de pagarle muy bien, pensé yo.
Entrar de nuevo en casa, y sin él era como quemar los trozos restantes de lo que antes era mi corazón.
Todo me recordaba a él.
Sus zapatillas junto al sofá.
Su libro en la mesita del café.
Su chaqueta colgada del perchero. Oh… Aquella chaqueta era su preferida.
Inconscientemente me acerqué a ella y la abracé. Como si aquel abrazo pudiese devolverle a la vida. Como si pudiese volver a sentirle entre mis brazos. Como si fuera a volver a sentir su aliento sobre mis labios, y sus brazos sobre mi cintura.
Aún tenía su olor. Ah… Aquel olor que me cada vez que me rozaba me transportaba a otro lugar… A un lugar perfecto…
Y sin darme cuenta, estaba llorando, de nuevo.
Cientos de lagrimas explotaron como si siembre hubiesen querido salir, y sin darme cuenta, me encontraba entre sollozos interminables que intentaban librarme del dolor, pero que no conseguían otra cosa más que recordarme que él ya no estaba, y que no volvería a estar.
Me dejé caer al suelo y me arrastré junto a las escaleras, haciéndome un ovillo.
Miré mis manos y recordé cómo el solía acariciarlas hasta que me quedaba dormida.
Miré mis manos y vi ese anillo en mi dedo corazón, prueba de nuestro amor eterno, y, entonces, más lágrimas.
Pasaron minutos, tal vez horas hasta que me quedé dormida.
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