Y en ese momento observé cómo te recostabas a mi lado. La suave luz dibujaba formas en tu silueta. Sentí la calidez de tu piel desnuda en mi torso. Me miraste. Te miré. Tu mirada era muy distinta. Supe en ese mismo instante que ese era tu verdadero tú. Sin máscaras, sin actuaciones ni teatros.
Sonreíste. Creo que fue la primera sonrisa sincera que me dedicabas. Susurraste algo. No llegué a entender lo que dijiste, pero ya me gustó. Te miré a los ojos. Eras tan diferente. No eras un niño. No eras el chico tonto y bromista que había conocido y del que creía estar enamorándome. Eras sencillamente tú.
Tú con tus grandes ojos oscuros y tu pelo desordenado. Tú con tu sonrisa y con tu mirada inteligente. Adoré tu imagen. Podría haberte observado durante horas en aquel momento. Sentí tu brazo rodear mi cintura. Adoré la suavidad de tu piel. Recorriste mi cuerpo con la punta de los dedos y sonreíste al ver mi piel erizarse. Adoraba aquella expresión. Te besé y me devolviste el beso.
Tan sólo fue un instante, pero adoré la perfección de aquel momento. Sólo existías tú y no habría nadie en el mundo capaz de molestarnos. Entonces, me volví a perder en la delicia de aquellos bocados prohibidos que eran tus besos.

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