Recogimos las maletas e instalamos nuestras cosas en las habitaciones. Sin darnos cuenta, acabamos las tres a la vez, y entonces decidimos que era hora de comer, ya que era tarde y todas estábamos hambrientas… Pero no había nada de comida en la casa. Decidimos que sería mejor salir a comer.
Nos montamos en el coche y salimos a la búsqueda de un lugar para comer. Encontramos un pequeño pueblo no muy lejos de la casa. Estaba formado por pequeñas casitas de madera y piedra, y calles estrechas y pedregosas.
Aparcamos a las afueras y andamos hasta encontrar un pequeño y rústico bar para camioneros, donde comimos en silencio. Esa comida nada me recordó a cuando éramos pequeñas, que reíamos sin parar… Pude notar cómo las tres estábamos algo bajas de ánimos… Pero yo no tenía fuerzas para ser la que nos levantara de ese bajón.
Al terminar cada una pagó su parte y nos montamos silenciosas en el coche.
Todas estábamos cabizbajas y sumidas en nuestros pensamientos.
-No os lo dije porque habían cosas más importantes pero… Ayer Samuel cortó conmigo.- Susurró Mica.
-Mierda.- Dije yo. Hermoso. No había dicho nada en días y ahora solo podía decir eso.
-Vaya… Lo siento Mica.- Susurró Lucila sin arrancar el coche. Se había dado la vuelta sobre su asiento. Todas mirábamos a Mica pero no sabíamos que hacer. Yo fui la primera en reaccionar.
Me acerqué a ella y la abracé. Noté cómo sus lágrimas silenciosas mojaban mi camiseta. Cerré los ojos. No soportaba verla mal, no lo había soportado nunca, nunca llegaría a soportarlo.
Lucila me miró con la duda en los ojos. Finalmente decidió bajar del coche y montar en la parte trasera con nosotras. También abrazó a Mica.
-¿Por qué te dejó?- Preguntó Lucila.
-Dijo que llevábamos demasiado tiempo juntos y… ¡Ah! ¡No sé!- Respondió Mica mientras se echaba a llorar de nuevo.
-No te preocupes preciosa, nosotras estaremos aquí contigo.- Me sorprendí susurrando esas palabras.
Mica me miró alarmada. Había hablado. Sonrió levemente.
-Has hablado.- Dijo. Había dejado de llorar repentinamente.
Me quedé callada un momento y la miré pensativa.
-He hablado…- Susurré.
Y en ese momento, justo al pronunciar esas palabras me di cuenta de que debía tirar para delante, ser alegre, hablar, rehacer mi vida… Porque mis amigas así lo necesitaban.
-Si en realidad tu sabes que yo por ti hago lo que sea.- Sonreí.
Sonreír… ¡Que sensación tan extraña! Hacía mucho tiempo que no sonreía… Desde que él enfermó. Pero ahora yo sabía que él estaría feliz de verme sonreír, a pesar de que él no estaba, a pesar de que mi felicidad había acabado junto con su vida.
-Espera, espera… Espera… - Comenzó a decir Mica
-¡Dai ha sonreído! En serio, ¿Has sonreído, o lo he soñado?- Preguntó Lucila a voces.
-Si… Creo que he sonreído… Y que estoy hablando.- Susurré yo.
Y de pronto, todas reímos. Reímos olvidando nuestros problemas, olvidando nuestro dolor, olvidando vidas destrozadas y gente ajena. Y reímos porque estábamos las tres, juntas. Reímos porque habíamos olvidado lo mucho que nos queríamos, y habíamos olvidado que no hacía falta nada más para ser felices.
Y ahí estábamos de nuevo, las tres, juntas… Dispuestas a emprender un nuevo viaje. El viaje de la superación, de la amistad, del amor… Dispuestas a comernos el mundo juntas.
Y así, queriéndonos, regresamos a casa.
Exploramos todos los rincones de la casa.
La cocina, luminosa, con una pared entera llena de ventanas. Tenía una pequeña mesa de madera y varias sillas. Bueno, en realidad todos los muebles eran de madera, y las encimeras de mármol claro. Una fila de encimeras separaba la cocina de la zona de comer, donde estaba la mesa.
El comedor, grande y espacioso, con una gran mesa y seis sillas. Había un mueble alto, con cristales en vez de puertas en los que había muchos platos hermosos dentro. También había copas y vasos.
El suelo era de parqué oscuro y las paredes de color salmón, a juego con el resto de los accesorios de la habitación.
El salón, decorado de una forma muy elegante. Con un sofá dorado, un órgano y jarrones chinos, se convirtió en mi habitación preferida. Tenía cuatro sillones de color crema, un baúl chino a forma de mesita, una estantería llena de figuritas antiguas, el sofá y el órgano.
Me gustó porque tenía muchos cuadros bonitos y jarrones y figuras, y me recordó a una galería de arte.
La sala de estar, que resultaba muy acogedora. Tenía una chimenea de piedra en la pared, y papel pintado con motivo de piñas. No era el más bonito que había visto, pero quedaba bien. Había una mullida alfombra verde en el suelo.
La habitación contaba con un sofá, dos sillones y varias estanterías llenas de libros y películas.
Tenía dos ventanas y una puerta que daba al exterior.
El porche, que era pequeño pero hermoso. Contaba con ventanas en vez de paredes, y varios sofás y sillones de colores claros.

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