Estaba tumbada sobre la hierba sintiendo la suave brisa veraniega sobre mi rostro. Abrí los ojos y todo lo que pude ver eran las copas de los árboles. Me encantaba abrir los ojos y ver árboles sobre mí. Hacía calor, pero no era desagradable. No había nadie a mi alrededor, no había nada a mi alrededor. Sólo podía escuchar la vida fluir. Algunas libélulas revoloteaban traviesas sobre mi cabeza. Las oía zumbar y de vez en cuando podía sentirlas posarse sobre mi piel inmóvil. Oía el leve gorgoteo de un arrollo cerca de donde yo estaba. Olía a vida. Olía a plantas felices bajo el sol, y animales y bichos siguiendo el cauce de la vida. Acaricié el suelo a mi alrededor. El tacto de la tierra, el tacto de mi tierra. Me sentía en casa, a gusto. No había nadie que me juzgase, no tenía normas, podía hacer lo que quisiese. Me sentía libre. Era feliz ahí. No había problemas. No habían personas, y aún no me sentía sola. Habían pasado largos minutos, tal vez horas. El sol se escondía, mi día acababa. Ahora debía volver a la sociedad y sonreír, aunque no sientese deseos de hacerlo. Todo acababa. Aunque, de todas formas, siempre había sabido que tarde o temprano iba a acabar, que nada dura para siempre. Y, aún así, nadie me iba a impedir volver algún día. Las cosas buenas nunca acaban, sencillamente desaparecen un tiempo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario