Cerré los ojos. Sonreía. La luz del sol traspasaba la débil capa de mis párpados, pero me daba igual. Noté cómo una hormiga o cualquier otro bicho con patas trepaba por mi brazo y me hacía cosquillas. Me acariciaste el pelo. Sabía que me estabas mirando, y sonreí aún más. Era feliz. Acariciaste mi rostro con la punta de los dedos, y sentí cómo parte de la piel de mi espalda se erizaba. Abrí los ojos y ahí estabas tú, me pareciste hermoso. También sonreías, parecías feliz. El pelo te caía sobre la cara y en parte sobre los ojos. Siempre me había encantado tu pelo. Te acercaste a mi. Podía sentir tu aliento. No pude evitar volver a sonreír, y cerré los ojos de nuevo. No podía escuchar nada que no fuese el cantar de los pájaros. La primavera había llegado, sin duda. Sentía la débil brisa sobre mi piel semidesnuda, y también te sentía a ti, pegado a mi cuerpo recostado a mi lado. Cambié de postura y rodeaste mi cintura con tu brazo, y al abrir los ojos ahí estabas tú de nuevo. Era maravilloso aquello de que estuvieses a mi lado cada vez que abriese los ojos. Volví a sonreír. ¿Por qué no podía dejar de hacerlo? Ah, sí, se me olvidaba... Era feliz. Acercaste tu rostro al mío y sentí cómo tus labios me besaban. Aquel momento era sencillamente perfecto. Me perdí en tu beso. Las horas se me pasaban volando a tu lado... Y fue ese el momento en el que me di cuenta de que no eras un simple capricho, que estaba completa y absolutamente enamorada de ti.

No hay comentarios:
Publicar un comentario