La luz del sol me despertó a la mañana siguiente. Se colaba por el cuadro de cristales que le regalé por nuestro segundo aniversario y toda la habitación era de colores.
Recordé cómo nada mas verlo lo colocó en la ventana de la cocina… Y ahora formaba parte de la casa.
Recordé su sonrisa al verlo… Ah… Aquella sonrisa tan hermosa, aquella sonrisa que yo tanto había amado… Y que ahora añoraba tanto.
Suspiré y me dirigí a la cocina.
Esa mañana hice desayuno para dos, como de costumbre… Pero me quedé mirando el segundo plato, sin tocar.
Volví a suspirar y apoyé los codos sobre la mesa, y la frente sobre las manos.
Me sentía tan sola… Y sin pensarlo ni desearlo… Estaba llorando de nuevo.
Una y otra vez, me veía sentada en la misma mesa frente a mi plato vacío, y su plato aún lleno. ¿Cuándo iba a acabar esta pesadilla? Aún le sentía a mi lado, aunque habían pasado ya algunas semanas desde que se fue. ¿Llegaría a dejar de sentir ese gran vacío en el centro de mi ser? Suspiré, colocando la cabeza entre mis manos apoyadas en la mesa, como solía hacer.
El sonido de la puerta me alarmó, y levanté la cabeza. Desde donde yo estaba podía ver la entrada, con la puerta y las escaleras, y parte de la sala de estar.
De repente, la puerta se abrió, y vi asomarse una cabeza.
Era ella, mi mejor amiga, siempre dispuesta a ayudar. Incluso le había dado una llave de mi casa.
Llevaba su oscuro cabello rizado recogido, y estaba sin arreglar ni maquillar, pero aún así era hermosa. Siempre lo había sido.
Llevaba unos simples pantalones cortos y una camiseta, pero ella transportaba un aire de amor y tranquilidad que le daban el aspecto más hermoso que podía llegar a tener.
Sonrió levemente y se acercó a mí poco a poco.
-¿Cómo estás?- Susurró, cariñosa.
Yo me limité a mirarla, con lágrimas en mis ojos y en mi cara. La respuesta era evidente.
-Lo siento…- Dijo bajando la mirada.
Se acercó a mí y me abrazó. Yo me levanté y la abracé a ella también. Hasta ahora no me había dado cuenta de cuánto necesitaba un abrazo, y una vez más, lloré.
Lloré por horas, pero Mica se quedó junto a mí, abrazándome y susurrándome cuánto me quería cuando sabía que podía oírla.
Cuando me calmé me tomó de la mano y me miró a los ojos.
-Sabes que yo siempre he estado ahí para ti- Sonrió.- Bueno, Lucila también… Por eso hemos pensado, que podíamos vivir las tres juntas un tiempo, en una casa rural alquilada… Como siempre habíamos deseado de pequeñas.
Suspiré y la miré. No me apetecía hablar, aún no.
Sonreí levemente al recordar aquellos viejos tiempos, de cuando nosotras tres éramos jóvenes, siempre juntas saltando, gritando, cantando… Felices…
-Ven, te ayudaré a hacer las maletas- Susurró, en tono alentador.- Lucila pasará a recogernos con el coche en una hora.
Subimos las escaleras y entramos en mi habitación.
Ahí estaban las revistas que a él le gustaba ojear, su peine, su ropa… Su cama, aquella cama en la que habíamos pasado tantas noches juntos… Y no pude evitar volver a llorar, como no había llorado nunca antes.
Mica se quedó a mi lado, y acarició mi pelo hasta que me calmé. Canturreaba una dulce nana y me miraba con ojos dulces y amorosos. Me di cuenta de que eso era lo que necesitaba en ese momento, alguien que me quisiese y a quien yo quisiese, como la quería a ella, y como quería a Lucila.
-Será mejor que yo haga la maleta, y… Si necesitas algo más lo puedes tomarlo prestado - Sonrió.
Me acurruqué en la cama mientras veía a Mica ir y venir, llenando bolsas de ropa, y útiles de aseo, y señalaba con el dedo cuando ella me preguntaba dónde estaba algo.
Minutos después escuchamos el pitido de un coche.
-¡Ah! ¡Ahí esta Lucila! ¿Puedes ir a…?-Me miro acurrucada en mi cama con los ojos rojos y llorosos y vi como cambiaba de idea-No, mejor espera que yo le digo que entre – Se rió.
Mica desapareció en la puerta, y me invadió una extraña sensación de soledad que me hizo volver a darme cuenta de cuánto las necesitaba a ellas, a mis amigas…
A los pocos minutos apareció un nuevo rostro entre mis pestañas.
Lucila.
Tan bella como siempre, con su característica piel morena, sus ojos oscuros sonrientes y su pelo largo negro y fuerte que yo siempre había envidiado.
Pero hoy ella no sonreía.
Hoy estaba seria, y sus ojos no destilaban la felicidad habitual… Igual que los de Mica.
Se acercó y sin decir nada me abrazó.
Que olor tan familiar despedía ella. Un olor tan hogareño… Añoré aquellos años en los que estaba tan habituada a ese olor… Y me sentí en casa, aunque él ya no estaba, aunque el mundo había acabado para mí, aunque había perdido lo que más amaba en el mundo… Me sentí en casa, porque ellas eran mi nuevo hogar.
-Te quiero- Susurró Lucila.
-¡Eh! ¡Oye! ¡Que yo también os quiero mucho a las dos!- Rió Mica, como solíamos hacer de pequeñas.
Y entonces nos abrazamos, como habíamos hecho siempre, como haríamos para siempre… Un abrazo que significaba mucho más que simple afecto. Y en realidad, aunque yo aún no lo sabía, no era más que el comienzo de una nueva etapa, ni mejor ni peor… Solo… Diferente.