domingo, 29 de mayo de 2011

Lo siento

No sé cómo expresarme. Ya no sé cómo decirte que lo siento, si, pero no siento haberte hecho daño... Siento amarte, siento conocerte, lamento a cada instante aquel momento en el que te conocí, aquel momento en el que te besé. Lamento haberme enamorado de ti, haber sido capaz. Lamento adorar cada instante en el que me miras, lamento amar tu olor, lamento añorar deseosamente tu amor. Te lamento a ti, y cada palabra que me dices. Siento desearte, soñar que te tengo cada vez que cierro los ojos. Siento adorar el fantasma de tus caricias y no poder evitar mirar tus manos deseando ser tuya de nuevo. Lamento cada instante a tu lado. y, ¿Sabes qué? Te odio. Me haces daño, me mientes, te ríes y te vas. ¿Sabes qué? Ojalá pudiese no amarte. Pero es que no puedo evitar mirarte y sentir que soy para ti.Si es que cada instante en el que me miras me enamoro de ti, pero luego sonríes y te vas. Si es que sé que nunca serás para mi...

miércoles, 25 de mayo de 2011

Las cosas buenas nunca acaban, sencillamente desaparecen un tiempo

Estaba tumbada sobre la hierba sintiendo la suave brisa veraniega sobre mi rostro. Abrí los ojos y todo lo que pude ver eran las copas de los árboles. Me encantaba abrir los ojos y ver árboles sobre mí. Hacía calor, pero no era desagradable. No había nadie a mi alrededor, no había nada a mi alrededor. Sólo podía escuchar la vida fluir. Algunas libélulas revoloteaban traviesas sobre mi cabeza. Las oía zumbar y de vez en cuando podía sentirlas posarse sobre mi piel inmóvil. Oía el leve gorgoteo de un arrollo cerca de donde yo estaba. Olía a vida. Olía a plantas felices bajo el sol, y animales y bichos siguiendo el cauce de la vida. Acaricié el suelo a mi alrededor. El tacto de la tierra, el tacto de mi tierra. Me sentía en casa, a gusto. No había nadie que me juzgase, no tenía normas, podía hacer lo que quisiese. Me sentía libre. Era feliz ahí. No había problemas. No habían personas, y aún no me sentía sola. Habían pasado largos minutos, tal vez horas. El sol se escondía, mi día acababa. Ahora debía volver a la sociedad y sonreír, aunque no sientese deseos de hacerlo. Todo acababa. Aunque, de todas formas, siempre había sabido que tarde o temprano iba a acabar, que nada dura para siempre. Y, aún así, nadie me iba a impedir volver algún día. Las cosas buenas nunca acaban, sencillamente desaparecen un tiempo.

lunes, 16 de mayo de 2011

Desesperación.

No sólo eres un producto de mi imaginación. No sólo eres la consecuencia de mi ilusión. Sonríes, sientes, vives, me haces feliz. Pensé que este momento nunca llegaría, que esta felicidad no volvería a mi, que jamás volvería a sentirlo. Calmas mis sentimientos y mis miedos, me haces soñar pero a la vez me muestras la realidad, cada vez más cercano a mi, y cada vez algo más parecido a lo que yo consideraba el conjunto de imperfecciones que creaban la perfección.
Susurros de ángeles y caricias como plumas. Besos hasta el infinito que me hacen suspirar por horas y me ciegan. Llenas cada espacio de mi mente, aquel espacio que quedó vacío tiempo atrás. ¿Cómo volver a confiar? Es sencillo. Me lanzaría al infinito si tú me lo pidieses. ¿Por qué tener miedo? ¿Qué puedo perder que no me faltase antes?
Veo y deseo. Siento y sueño. Parto y añoro. Siento cómo tus caricias recorren mi espalda entre tus susurros. Amo tu mirada interrogante. Aún no sé leerla, pero no tiene importancia, la amo. Siento cómo tus besos bajan por mis hombros bajo mi mirada. Te deseo. Te siento sobre mi cuerpo desnudo. Siento cómo tus manos acarician mi piel, que palpita ansiosa por tu fuego. Añoro tu calor a cada instante que se separa de mi cuerpo. Necesito tus besos tal como el oxígeno que respiro. Me arañas. Se me eriza el vello de la nuca. Siento  necesidad de ti aún cuando ya te tengo, y me invade un frío sentimiento de desesperación al comprobar que no puedo saciarme, que cuanto más te tengo más te necesito. Te convertiste en mi droga, y ahora soy adicta a ti. Te necesito a cada momento que pasa. Necesito tus besos. Necesito tus palabras. Necesito tus caricias. Necesito tu pasión.
Siento cómo mi pecho se abre en dos hacia ti ya que mi corazón quiere ir contigo, y éste solloza cuando comprueba que ya no estás junto a mi, que perdió su oportunidad. ¿Cómo no tenerte a mi lado? Aquella es una lección que aún no conseguí entender. ¿Por qué siempre te siento tan lejos si no puedo verte? Necesito tenerte a mi lado. Necesito tu sonrisa, necesito tu amor... Te necesito a tí.

domingo, 8 de mayo de 2011

Con una sonrisa puedes cambiar el mundo entero

Cerré los ojos. Sonreía. La luz del sol traspasaba la débil capa de mis párpados, pero me daba igual. Noté cómo una hormiga o cualquier otro bicho con patas trepaba por mi brazo y me hacía cosquillas. Me acariciaste el pelo. Sabía que me estabas mirando, y sonreí aún más. Era feliz. Acariciaste mi rostro con la punta de los dedos, y sentí cómo parte de la piel de mi espalda se erizaba. Abrí los ojos y ahí estabas tú, me pareciste hermoso. También sonreías, parecías feliz. El pelo te caía sobre la cara y en parte sobre los ojos. Siempre me había encantado tu pelo. Te acercaste a mi. Podía sentir tu aliento. No pude evitar volver a sonreír, y cerré los ojos de nuevo. No podía escuchar nada que no fuese el cantar de los pájaros. La primavera había llegado, sin duda. Sentía la débil brisa sobre mi piel semidesnuda, y también te sentía a ti, pegado a mi cuerpo recostado a mi lado. Cambié de postura y rodeaste mi cintura con tu brazo, y al abrir los ojos ahí estabas tú de nuevo. Era maravilloso aquello de que estuvieses a mi lado cada vez que abriese los ojos. Volví a sonreír. ¿Por qué no podía dejar de hacerlo? Ah, sí, se me olvidaba... Era feliz. Acercaste tu rostro al mío y sentí cómo tus labios me besaban. Aquel momento era sencillamente perfecto. Me perdí en tu beso. Las horas se me pasaban volando a tu lado... Y fue ese el momento en el que me di cuenta de que no eras un simple capricho, que estaba completa y absolutamente enamorada de ti.

martes, 3 de mayo de 2011

Y te amaré por siempre - Parte 4.

Recogimos las maletas e instalamos nuestras cosas en las habitaciones. Sin darnos cuenta, acabamos las tres a la vez, y entonces decidimos que era hora de comer, ya que era tarde y todas estábamos hambrientas… Pero no había nada de comida en la casa. Decidimos que sería mejor salir a comer.

Nos montamos en el coche y salimos a la búsqueda de un lugar para comer. Encontramos un pequeño pueblo no muy lejos de la casa. Estaba formado por pequeñas casitas de madera y piedra, y calles estrechas y pedregosas.
Aparcamos a las afueras y andamos hasta encontrar un pequeño y rústico bar para camioneros, donde comimos en silencio. Esa comida nada me recordó a cuando éramos pequeñas, que reíamos sin parar… Pude notar cómo las tres estábamos algo bajas de ánimos… Pero yo no tenía fuerzas para ser la que nos levantara de ese bajón.

Al terminar cada una pagó su parte y nos montamos silenciosas en el coche.
Todas estábamos cabizbajas y sumidas en nuestros pensamientos.

-No os lo dije porque habían cosas más importantes pero… Ayer Samuel cortó conmigo.- Susurró Mica.
-Mierda.- Dije yo. Hermoso. No había dicho nada en días y ahora solo podía decir eso.
-Vaya… Lo siento Mica.- Susurró Lucila sin arrancar el coche. Se había dado la vuelta sobre su asiento. Todas mirábamos a Mica pero no sabíamos que hacer. Yo fui la primera en reaccionar.

Me acerqué a ella y la abracé. Noté cómo sus lágrimas silenciosas mojaban mi camiseta. Cerré los ojos. No soportaba verla mal, no lo había soportado nunca, nunca llegaría a soportarlo.
Lucila me miró con la duda en los ojos. Finalmente decidió bajar del coche y montar en la parte trasera con nosotras. También abrazó a Mica.

-¿Por qué te dejó?- Preguntó Lucila.
-Dijo que llevábamos demasiado tiempo juntos y… ¡Ah! ¡No sé!- Respondió Mica mientras se echaba a llorar de nuevo.
-No te preocupes preciosa, nosotras estaremos aquí contigo.- Me sorprendí susurrando esas palabras.

Mica me miró alarmada. Había hablado. Sonrió levemente.

-Has hablado.- Dijo. Había dejado de llorar repentinamente.
Me quedé callada un momento y la miré pensativa.

-He hablado…- Susurré.

Y en ese momento, justo al pronunciar esas palabras me di cuenta de que debía tirar para delante, ser alegre, hablar, rehacer mi vida… Porque mis amigas así lo necesitaban.

-Si en realidad tu sabes que yo por ti hago lo que sea.- Sonreí.

Sonreír… ¡Que sensación tan extraña! Hacía mucho tiempo que no sonreía… Desde que él enfermó. Pero ahora yo sabía que él estaría feliz de verme sonreír, a pesar de que él no estaba, a pesar de que mi felicidad había acabado junto con su vida.

-Espera, espera… Espera… - Comenzó a decir Mica
-¡Dai ha sonreído! En serio, ¿Has sonreído, o lo he soñado?- Preguntó Lucila a voces.
-Si… Creo que he sonreído… Y que estoy hablando.- Susurré yo.

Y de pronto, todas reímos. Reímos olvidando nuestros problemas, olvidando nuestro dolor, olvidando vidas destrozadas y gente ajena. Y reímos porque estábamos las tres, juntas. Reímos porque habíamos olvidado lo mucho que nos queríamos, y habíamos olvidado que no hacía falta nada más para ser felices.

Y ahí estábamos de nuevo, las tres, juntas… Dispuestas a emprender un nuevo viaje. El viaje de la superación, de la amistad, del amor… Dispuestas a comernos el mundo juntas.
Y así, queriéndonos, regresamos a casa.

Exploramos todos los rincones de la casa.
La cocina, luminosa, con una pared entera llena de ventanas. Tenía una pequeña mesa de madera y varias sillas. Bueno, en realidad todos los muebles eran de madera, y las encimeras de mármol claro. Una fila de encimeras separaba la cocina de la zona de comer, donde estaba la mesa.

El comedor, grande y espacioso, con una gran mesa y seis sillas. Había un mueble alto, con cristales en vez de puertas en los que había muchos platos hermosos dentro. También había copas y vasos.
El suelo era de parqué oscuro y las paredes de color salmón, a juego con el resto de los accesorios de la habitación.

El salón, decorado de una forma muy elegante. Con un sofá dorado, un órgano y jarrones chinos, se convirtió en mi habitación preferida. Tenía cuatro sillones de color crema, un baúl chino a forma de mesita, una estantería llena de figuritas antiguas, el sofá y el órgano.
Me gustó porque tenía muchos cuadros bonitos y jarrones y figuras, y me recordó a una galería de arte.

La sala de estar, que resultaba muy acogedora. Tenía una chimenea de piedra en la pared, y papel pintado con motivo de piñas. No era el más bonito que había visto, pero quedaba bien. Había una mullida alfombra verde en el suelo.
La habitación contaba con un sofá, dos sillones y varias estanterías llenas de libros y películas.
Tenía dos ventanas y una puerta que daba al exterior.

El porche, que era pequeño pero hermoso. Contaba con ventanas en vez de paredes, y varios sofás y sillones de colores claros.