miércoles, 2 de febrero de 2011

Susurra, yo te escucharé.

La luz de la luna se colaba por las ventanas. Una suave brisa revolvía mis cabellos, y traspasaba mi suave cuerpo fantasmal. La casa crujía a casusa de su avanzada edad. Sentía la moqueta apulgararse bajo mis dedos, pero aquella casa ya no me pertenecía.
Había sido de mis abuelos, posteriormente de mis padres y después mía, hasta que morí. No pasaría mucho tiempo antes de que una nueva familia se instalase en ella, y mis esperanzas se agotaban a medida que iba pasando el tiempo. Pronto debería abandonar la casa sin tener ningún lugar al que ir.
¿Acaso quería ir a un cementerio a atormentar a las ancianas que iban a lamentar a sus esposos?
Pasaba los días vagando silenciosa por la casa, recordando días pasados en los que tenía tantas posibilidades que no supe aprovechar. Nadie podía verme, nadie podía oírme, nadie sabía que yo estaba ahí, aunque tampoco había intentado pedir ayuda. Sabía que no había solución.
Cuando supe que estaba muriéndome ya era demasiado tarde, y antes de darme cuenta estaba observando mi cuerpo inerte sobre la cama desde el exterior.
En un principio me asusté. No sabía lo que me ocurría, y no me adaptaba a la nueva forma de vida, pero poco a poco fui acostumbrándome. Ya no me hacía falta ir a ver mi cuerpo en descomposición para acordarme de que era un fantasma.
Y lo peor de todo es que nadie se dio cuenta. Nadie me echó en falta y por ello seguía aquí, esperando a que algún curioso encontrase el desastre.
Había intentado avisar, pero no era capaz de recordar el camino de vuelta a la ciudad, ya que había perdido muchos de mis recuerdos y mi hogar se encontraba perdido en el bosque.
Tan sólo podía recordar que me llamaba Kaiia, tenía veintiún años y que me encantaba la música clásica.
Aquella era una noche hermosa. No había nubes en el cielo y la luna llena daba una luz fantasmal que embellecía mi jardín. Una leve brisa removía las hojas de los árboles que junto con el suave murmullo del arrollo entonaban una dulce nana. Algunas luciérnagas vagaban por el aire buscando aparearse como pequeñas lámparas flotantes. Las ardillas susurraban mientras que los gatos salvajes se relamían viendo su próximo aperitivo.
La tierra estaba húmeda por el rocío, y las flores estaban en todo su esplendor. Al parecer, en vida había amado la noche y había plantado sólo flores de noche, por lo que ahora todo el lugar tenía un dulce olor a flor y tierra.
Cerré los ojos y tomé aire. Estaba frío y húmedo, típico de las tormentas de verano. Sonreí. Cierto, en vida amé la noche, y una vez muerta la amaba más.
El bosque bullía vida, y yo estaba ahí para presenciarlo.
De repente, todos los animales se congelaron y miraron al mismo lugar. Un ruido había interrumpido su disimulado silencio. Y sí, era cierto, yo también lo había escuchado. Contemplé alarmada el lugar de donde provenía el ruido. Eran jadeos.
Al fin, después de tantas noches esperando había llegado el momento.
Un chico joven apareció entonces entre los arbustos. Parecía asustado y desorientado.
Sus grandes ojos verdes estaban muy abiertos, sus suaves labios, apretados. El pelo negro le caía mojado por la cara y el cuello, aunque no le llegaba por los hombros. Era alto y muy delgado, y vestía ropas negras.
Sonreí. Al fin llego ese curioso.
Él se quedó ahí, inmóvil, observando mi casa.
La luz de la luna se reflejaba en sus hermosos ojos verdes.
Una punzada de soledad me recordó la añoranza que sentía por el calor humano, la compañía de un ser amado.
Sí, en definitiva el chico era hermoso.
En un impulso abrí la puerta y atravesé el umbral, sin percatarme de que él podía ver el movimiento de ésta.
Me coloqué frente a él, sin que pudiese verme, y sentí rabia.
Sus bellos ojos denotaban terror y escrutaban las sombras sin obtener ningún resultado.
Me acerqué un poco más a él, y sentí aún más rabia. Quería que me pudiese ver.
Di otro paso adelante. Ya casi le rozaba.
¿Por qué sentía esa inmensa necesidad de abrazarle?
Mi respiración se había acelerado, y mi corazón también latía más rápido… ¿Se daría cuenta? Rechacé esa idea.
Suspiré para tranquilizarme y… ¡Mierda! Mi respiración le había movido el cabello.
El chico se sobresaltó y buscó por la oscuridad el peligro. Tanteaba el vacío con las manos e instintivamente me aparté para que no notase mi presencia. Una rama seca se partió bajo mi pié. El chico miró en mi dirección, y yo también me sobresalté. No sabía que yo pesase y pudiese romper cosas.
Ahora él me miraba directamente a los ojos, y parecía poder verme, pero decidí ser realista y darme cuenta de que sólo podía ser una ilusión.
-¿Hola? ¿Hay alguien ahí?- Susurró.
Tenía una voz hermosa, grave, pero a la vez aguda, y ligeramente ronca.
Deseé poder responderle, decirle que todo estaba bien, que yo estaba con él y nada iba a pasar, deseé poder abrazarle, que nos hiciéramos compañía mutuamente, que fuese mi compañero.
Se había quedado inquitantemente quieto, y me miraba fijamente. Me acerqué a el. Ya casi podía rozar su piel.
-Yo- Susurré. -Yo siempre he estado aquí-
Y entonces pude ver mi rostro reflejado en sus ojos mientras su piel se volvía transparente, y él me besaba.
Su cuerpo cayó inerte en el suelo, pero él se mantenía junto a mi, apretándome en sus brazos y besándome.
Ya no tenía miedo. Todo había acabado, mi soledad había acabado. Ahora él me acompañaría.

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